Inversamente
proporcional a la confianza con la persona que haya detrás de ella y directamente proporcional a la incomodidad
de la situación por venir cuando se accione el picaporte, es el stress que
genera estar detrás de una puerta.
Lo anterior
vale para los personajes que se encuentran a ambos lados. Sin embargo, claro
está que el que tuvo que presionar el timbre, golpear la puerta o mandar un mensaje
para avisar que está del otro lado, lo vive con mayor intensidad.
La puerta:
un límite. Interior vs exterior. Espacio
de todos vs tu espacio. Mi espacio para mi vs mi espacio compartido. Motivos
quizás generadores de este conflicto, si es que así puede denominarse.
Todo cambia
si es edificio, casa en planta baja, con o sin rejas. Si hay
escalones o no
próximos, si la estructura permite o no escuchar sonidos de lo que está pasando
dentro.
Mis formas
de actuar varían sensiblemente según el caso, pero hay algo que se repite:
avance y retroceso. Me acerco a golpear la puerta y doy instantáneamente
algunos pasos para atrás, toco el timbre y lo mismo. No sería razonable
quedarse pegado a la puerta, o tocando el portero con la naríz pero sin embargo
hay más. Si hay escalones me sirven para jugar
y distraer la espera.
Será una
cuestión de proxemia? Incomodidad? Inseguridad? Miro o no miro? Y si es un
pasillo largo donde hay que sostener la mirada una docena de pasos hasta romper
el hielo con la palabra? Puro lenguaje corporal servido para ser interpretado.
Quizá los
culpables sean los encuentros y no las puertas.